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MOMENTO EN LA PLAYA

Enero 8th, 2006

Después del concierto, nos sorprendieron los primeros relámpagos azules desde la playa. Se acababa el verano. Había estado retrasando el momento con la mente, pero ya no iba más: esa amargura dulce y temblorosa de final me sobrecogía como los fuegos artificiales a los cangrejos.

Me agarré de su mano porque miraba al cielo de colores explosivos como una niña de cinco años, y yo quería ser parte de esa emoción infantil que tenía en los ojos y en las mejillas. Así miraba ella al mundo: como si nunca perdiese conciencia del milagro de estar vivo. Ella veía la belleza del mundo y el mundo le devolvía toda su belleza: era un trato sencillo.

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La brisa movía su flequillo moreno y denso, que el cielo imitaba su color y la marea acompañaba cada vuelo con un rugido cálido. Ella sonreía con los ojos, teñidos de carbón, blancos como dos lunas bajo las pestañas. Supe que ese momento me acompañaría toda la vida; ahora si no se movía, todo permanecería así inmutable: el mar, el cielo, la playa y yo mismo, para siempre formando parte de ella. Yo figuraba un milagro que nos dejaría impresos en un cuadro urgente y eterno como de litorales impresionistas. Acaso convertidos en estatuas de sal o esculturas de arena.

Hubiera buscado ese pelo y esos ojos eternamente, en todos mis arrebatos de inspiración. Hay niños que pasan el día de playa buscando formas ajenas en la arena: rasgos de un rostro que corresponde a un sueño o que les perteneció en otra vida, cuando pretendieron la esencia de la misma vida, antes de que uno de sus avatares propios lo arrojase a otro escenario contiguo de otro plano de existencia paralelo.

Al final de la mañana el padre llama al niño, ensimismado en su mundo interior, ajeno a su vida presente, asido al instinto de encontrar la verdad en la inmensidad inaparente de la creación. Remueve las manos bajo la tierra sin encontrar allí la mano de ella, pero con la esperanza de que el dibujo sobre la superficie de ese ímpetu le devuelva un esbozo de la escena a la que de verdad pertenece, una pista para volver a ella.

El padre casi tiene que arrastrarlo a casa y sentarle a cenar, no sin haberlo reprobado antes con enseñanzas pobres y mezquinas, como si fuese un niño tonto. Cenará en silencio toda esa comida de plástico o atrezzo, pero sabrá que esa familia es de mentira y, a la mañana siguiente, volverá a la playa y buscará a su amor mientras los padres confirman que juega.

Yo lo había conseguido, había llegado antes de crecer y ser confundido y engañado por lo populoso de la vida falsa. La había encontrado a ella justo donde sabía que tenía que buscar. La noche, la luna y los relámpagos azules no eran un presente, sino un después, el único destino lógico de lo que de verdad existe.

Ella no se movería nunca: el parpadeo de sus pestañas y el vuelo de su flequillo surcaban el espacio de lo infinito. Yo sonreía porque podría mirarla para siempre.

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