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Medea insomne

Diciembre 20th, 2005 :: escrito por Rosa ( Email )  

Después de una noche sin dormir la capacidad de concentración disminuye, se sufre somnolencia diurna y aumenta la irritabilidad. Después de una semana sin dormir el rendimiento físico se reduce de forma drástica, se producen pérdidas de memoria, fatiga, alteraciones del estado de ánimo, dolor de espalda... Si se permanece más de tres semanas sin dormir el insomnio se convierte en crónico, se confunde los sueños con la vigilia, el sistema inmunológico se vuelve más vulnerable, se padecen alucinaciones, psicosis y el individuo termina por morir de agotamiento mental.

Ignoro cuanto tiempo llevo sin conciliar el sueño, siento todos los músculos de mi cuerpo contraídos y una fuerte tensión alrededor del cuello. El médico que me atiende está probando conmigo un nuevo tratamiento, dos veces al día me administra unas cápsulas azules y un suplemento vitamínico para compensar la inanición. Dice que todo es consecuencia del estrés postraumático y de la depresión, pero yo no siento que esté deprimida, ni siquiera recuerdo por qué debería estarlo.

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Busco la culpa infinita de la que tanto me habla el doctor en el fondo de mi memoria, pero allí no encuentro nada, en realidad sólo temo que llegue la hora de tomarme las pastillas azules y ponerme a soñar.

Siempre duermo dentro de los sueños y siempre me despierta el llanto de un bebé. Me acerco hasta su cuna guiada por el sonido de sus lágrimas y le apreto contra mi pecho para intentar amortiguar su llanto. Sus gritos se vuelven cada vez más lejanos y me invade una extraña sensación de irrealidad, me dejo tentar por la presión de mis párpados y siento que el niño se me escurre de las manos, se resbala como un pez y apenas soy capaz de abrir los ojos un segundo para contemplar como el cadáver de mi hijo se golpea contra el suelo.

Cuando me despierto tengo la frente cubierta de un sudor frío. Al pasarme la mano noto los electrodos despegarse de mis sienes por el efecto de la transpiración. Una enfermera se acerca para ofrecerme un vaso de agua y me los vuelve a colocar: he tenido una pesadilla, le digo con la respiración todavía entrecortada. Ella observa con interés burocrático las agujas que descodifican las ondas de mi cerebro y de mi corazón, luego me dedica una mirada de profundo desconsuelo y me lanza con hastío su verdad: eso no era más que un recuerdo, ahora cierre los ojos e intente dormir. Y yo obedezco, como si el eco de sus palabras no me hubiera desvelado…

Rosa Márquez de la Orden

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