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Carta de amor y chocolate

Julio 25th, 2005 :: escrito por Rosa ( Email )  

Klimt
Admito que el anuncio obedecía a una pasión secreta que tengo desde la infancia, aunque sólo lo mandé por curiosidad: “Chico tímido busca mujer oronda para descubrir juntos los misterios de la soledad y el sexo. Abstenerse flacas y diabéticas”. Media docena de mujeres acudió a la cita en la pastelería Delicias, pero la mitad de ellas ni siquiera pasaban de ser rellenitas y en cuanto las tentaba con helado de trufa y tartas de limón todas esgrimían como excusa estar a dieta.
Hasta que llegaste tú, Marina, con tu nombre de sirena y tus pechos de pan de leche; “qué suerte, pensé, una pelirroja auténtica”, y me pasé el resto de la tarde imaginando como sería el tacto de tu piel de canela, mientras tú devorabas sin remordimientos un pastel de piña y nuez.

[Mas:]

Eras como una enorme muñeca de caramelo, el regalo que siempre había esperado desde que a los 12 años descubriera, tras una puerta entreabierta, las nalgas desnudas de tía Carmen descansando sobre una cama en la casa familiar de Cadaqués. Fue durante el sopor de la siesta en un día de verano de 1973 que cambiaría mi vida; desde entonces cada noche, antes de quedarme dormido, rememoraba aquella imagen que parecía robada de un cuadro de Rubens: las carnes doradas de tía Carmen, en la plenitud de sus cuarenta años, tratando de escapar de un camisón que apenas servía para tapar sus inmensas caderas de matrona.
Y de pronto apareciste tú, entre el olor a ensaimada y chocolate caliente de la pastelería Delicias, como una nueva Venus de Urbino nacida para rescatarme de los sinsabores de la rutina y remedirme a través de la comida y el sexo.
Durante meses fui feliz embadurnando de nata los fresones de tus pechos, averiguando el sabor de tu pubis, que tenía el color del azafrán y la textura esponjosa de un bizcocho. Me dormía con la cabeza recostada en tu vientre, abrazándote con todas mis fuerzas para que no escaparas de mí, porque desde la primera vez que te besé Marina, comprendí que nunca más volvería a amar a una mujer delgada.
Pero todo lo que es hermoso o dulce tiene fecha de caducidad. Supongo que la nuestra se fijo la noche que descubriste que estaba comprometido con aquella chica triste y esmirriada que nos sorprendió durante la hora del baño. Yo te frotaba con una esponja empapada en leche y apenas me dio tiempo a explicarte que ya no la quería, que en realidad nunca la quise porque toda mi vida había estado esperándote a ti, cuando aquella extraña nos robó el secreto de la felicidad con una sola frase lapidaria: “¡y encima esta gorda!”.
Algo cambió en ti aquella noche Marina, no se si fue casualidad o venganza, pero poco a poco fui notando como decrecían tus caderas, como se desinflaba tu vientre y se agriaban tus pechos de pan de leche hasta que terminó por esfumarse el almíbar de tus labios.
Fue entonces cuando te hiciste visible para el resto del mundo, y notaba en la mirada de otros hombres el mismo deseo que yo sentía por ti. Pero ya no eras mía Marina, porque ya eras otra, lo supe cuando al abrazarte noté el frió tacto de una costilla clavándose sobre mi piel.
Para mí ya no tenía sentido seguir amando a esa desconocida que había perdido seis centímetros de cintura y las ganas de reír, por eso me marché Marina, porque ya no eras una virgen de Botero, ni te parecías a la odalisca de Ingres, y tu belleza se había echado a perder como un merengue bajo el sol de agosto.
Pero todavía, a veces, me siento en una mesa escondida de la pastelería Delicias e imagino que estas junto al m