Miquel Barceló: manos de barro, molde de sangre

Miquel Barceló reposa su guerra en Mallorca. Igual le da dejar su alma con los pinceles en la negra soledad de Lanzarote, que recrear su interior con la arcilla que trae hasta la taulera, en Artá. Comparte su vida en su finca doce burros, diez vacas, cien ovejas, tantas gallinas y pavos, y muchos perros y gatos. ¿Y toros? De momento, ninguno, pero bulle en su alma el arte y la sangre sobre la arena.

Miquel Barceló (Felanitx, Mallorca, 1957), hijo de una pintora paisajística de Mallorca, se dejó seducir desde el primer momento por el entorno de la Pituisa más grande de las Balerares. Esto le ha permitido expresar su arte de las más diferentes formas: desde ilustrar libros hasta redactar los prólogos de sus catálogos, y sin dejar de lado otra de sus pasiones: la modelación de barro en forma de cerámica, la litografía… Todos los palos, con la luz de Mallorca en su cénit, dejando un poso de calidez que trasluce más allá de la obra.

¿Tiene cabida el toro, la figura referente del Mediterrano, de una cultura milenaria, en su ideario? Claro que sí. En su trayectoria destacan obras como el cartel Céret de Toros 2004, para la feria del mismo pueblo, situado en los Pirineos Orientales, en Francia.
Mientras, siente el mundo del toro en el epicentro de la Fiesta. “El toro es muy feo por televisión, ahí hablan todo el rato, pero en vivo sí que ves al torero. Lo que a mí me gusta de la plaza es esta especie de murmullo o de escándalo… El olor… Porque estás muy cerca, ahí puedes conocer a casi todo el mundo que está en plaza”.
Sus cuadros, cuando tienen al toro como referencia a la plaza de toros. “Siempre es esta especie de movimiento circular lo que deseo expresar. Es algo que todavía no sé si lo he explotado del toro. Sigue siendo un campo de experimentación”.

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