"Cada coche guarda una historia", dice un anuncio de televisión. Será que a través de sus ventanillas uno puede ver mejor que detrás de una persiana bajada. En un coche miras al de al lado y entre los dos decidís lo que va a pasar: las casas son prisiones anquilosadas donde encerrarse de la vista de todos.
"¿Cuánto mide tu yate?" es el título de un disco. También es una conversación en el hipódromo de Madrid. Gilipollas: los hipódromos se inventaron para gente como Bukowski, dispuesta a jugarse la vida y no el yate. Ahora la gente se juega la vida en los coches.
"La gente no deberíamos tener casa ni mucha ropa, deberíamos vestir siempre la misma, como los dibujos animados". Esto lo dice Martín. Me lo ha dicho porque le he contado que me voy a comprar una casa. Me voy a comprar una prisión por 100.000 pesetas al mes el resto de mi vida, en vez de robar un coche y perderme en la serranía de Cádiz. Y me siento tremendamente culpable y vulgar.
"Ese no era el plan", dice también Martín y yo le adivino la lucidez en esos ojos rojos que tiene cuando es de noche. "Lo sabés, sabés que no era el plan".
En realidad no tengo ninguna gana de sincerarme, ni de ponerme solemne; sólo quiero quemar mi puta casa con mi amigo esta misma noche. Ir allí con un cargamento de gasolina y ver derretirse la fachada como una cara bajo el ácido: ver saltar por los aires toda la inamovible lógica de esta sociedad de mierda que nos vinieron a vender a la puerta del colegio.
"Ayer quemé mi casa.
Aún tengo en la retina
el humo de las llamas,
mis páginas escritas.
No hay nadie que me impida
hacer sonar mi armónica,
perdido en la autopista
las horas melancólicas.
Hoy no.
Hoy no me detendrán."
Esto lo dice Quique González.
Todos vosotros, sin excepción, todos me parecéis un fraude. Quedaos con vuestras casas y vuestras depresiones.
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